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Las trae alguien en turismo o furgoneta. Llevan bocadillo y botella de agua: Cobran entre 10 y 25 euros. El día fuerte es el viernes, cuando los trabajadores de empresas cercanas quieren relajarse antes de llegar a casa, o cuando los clientes jóvenes buscan tener sexo antes de salir de fiesta.

La edad media de los que pagan es de 35 años, y a la baja. Ellas, si hace frío, se mojan, y si hace calor, se asan. Suelen durar unos tres años con apariencia agradable.

Todas llevan teléfono móvil, no tanto por su propia seguridad como para que el chulo -siempre una especie de delegado mafioso de zona, que sirve a un determinado mega-chulo mafioso en Rumanía- lleve bien las cuentas. Cada vez que se van con alguien, llaman por móvil al macarra. Si las llamadas se demoran, el proxeneta enseguida se presenta y averigua a ver qué pasa. Son muy jóvenes y llevan provocativas botas y tops de piel muy ajustados.

En medio de la noche, cuando el reloj ya marca las dos de la madrugada, para una furgoneta en medio del polígono. Las chicas salen corriendo hacia ella. Son los voluntarios de Médicos del Mundo, que reparten preservativos y material lubricante. Las españolas son Los datos que maneja el Cuerpo Nacional de Policía son muy similares.

Grupos de mujeres, también en su mayoría subsaharianas, se concentran junto a fogatas. Pasadas las dos de la madrugada, no superan la decena. La que no ha desaparecido de las calles es la prostitución en la zona de Centro. También vigilan a los reporteros desde furgonetas blancas.

Uno de ellos, de pronto, recorre la acera a pie camino de ninguna parte para dar su mensaje a las chicas y al periodista: Caderas anchas, pechos asomando tras una red de encaje, pongamos que se llama María. La conversación tiene lugar al día siguiente camino de la farmacia: La mayor parte de las chicas no pasa del anuncio de su tarifa.

Cuesta creer que aquella veinteañera de metro ochenta de las piernas largas y los ojos de hierbabuena, esa mujer que podría estar en una pasarela o bailando de gogó en una discoteca, esa diosa eslava esté allí pasando frío y haciendo sexo dentro de un coche por veinte euros. Se calcula que son A cuarenta servicios por cabeza, cada día en Marconi sale a Sobre cada par de tacones se erige un edificio quebrado, una historia que salió mal. A Lis se le torció la vida el día en el que la echaron de su trabajo de secretaria en un despacho de abogados de Sao Paulo, en Brasil, y de un golpe se le acabó el dinero para pagarse la carrera de Derecho.

En esa mala hora conoció a una chica que le ofreció una solución: Aquella chica fue trabando relaciones de amistad con la gente de Lis y alrededor de ella tejió la tela de araña de la confianza.

Pasó un par de meses sopesando la decisión. Vivían juntas en un piso, pero el trabajo prometido no llegaba. Las reunió en un salón del chalet y, rodeada de cuatro matones, les confesó que ese viaje no era el que habían pensado: Les quitaron el pasaporte. En ese mismo instante de desconcierto comenzaron las amenazas y las palizas. También les dieron otra noticia: Entonces Lis ya podría añadir a su currículum un trabajo de esclava sexual en una red de trata de blancas. Pese a todo el dinero que ganaría en adelante, nunca darían esa deuda por satisfecha, así que viviría atrapada por las redes criminales.

El peaje que las mafias reclaman a las africanas es mucho mayor: Diversas organizaciones han llegado al consenso de que ocho de cada diez prostitutas de las que trabajan en España se calcula que son En nació en Madrid la Asociación Feminista de Trabajadoras del Sexo que reclama el papel de las mujeres que ejercen libremente.

Las adicciones son comunes entre las mujeres. En agosto encontraron a una de ellas muerta por una sobredosis en el polígono. Ese mismo mes, la Policía encontró el cuerpo de un hombre de 70 años que había fallecido al parecer de un infarto mientras se encontraba consumiendo drogas con una prostituta. Hay que mover la mercancía, así que cada cierto tiempo cambian. Al cabo del tiempo, Lis llegó a Marconi y se vio junto a una de esas hogueras. En esa ciénaga de asfalto, se sentía vigilada constantemente por las chicas y también por los proxenetas que observan la maquinaria tras los cristales de un asador cercano.

mercado de prostitutas prostitutas poligonos Víctor Sainz Madrid copa las multas a los casting prostitutas prostitutas hentai de prostitutas de toda España Denunciados en un año clientes de prostitutas en la colonia Marconi Liberadas dos mujeres que ejercían la prostitución en Marconi. Reducen la marcha para ver de cerca la mercancía, lanzan un grito desde la ventanilla, negocian el precio y, poco después, paran a un lado de la carretera. Sobre cada par de tacones se erige un edificio quebrado, una historia que salió mal. Pasó un par de meses sopesando la decisión. A los pocos meses, casi todas arrastran enfermedades, pero la deuda nunca se cubrió. El servicio no para ni un minuto.

Cada pocos metros se eleva una hoguera en mitad de la noche. Cada fuego alumbra el cuerpo de una mujer. Circulan despacio porque allí siempre es hora punta. Reducen la marcha para ver de cerca la mercancía, lanzan un grito desde la ventanilla, negocian el precio y, poco después, paran a un lado de la carretera.

A través de las ventanillas se adivinan siluetas en diversas posturas, un porno de sombras. Después, ellas bajan y caminan de nuevo sobre una acera tapizada de pañuelos de papel y los coches vuelven a circular. Se calcula que chicas hacen la calle en Marconi, que es como se conoce al polígono de Villaverde y al de El Gato. Esta es una selva antigua, crecida después de que se desmantelara la Casa de Campo, el tradicional caladero de la prostitución madrileña. Casi no se las ve.

Cada esquina y cada trozo de acera tiene un dueño, un color de piel y un acento distinto. Cada palmo de terreno es un bien codiciado que tiene dueño. Lo controlan las mafias. En cada puesto se relevan las chicas, que pagan un canon de sus beneficios a los señores feudales de ese asfalto.

Algunas mujeres pasean entre ellas, les llevan tabaco y por supuesto, cuentan los clientes y las ganancias. Su gesto es servil, pero en realidad son la cadena en el tobillo. Los chulos no se dejan ver. Algunos controlan desde las atalayas de los edificios, en habitaciones calientes lejos del frío y de la lluvia. También vigilan a los reporteros desde furgonetas blancas. Uno de ellos, de pronto, recorre la acera a pie camino de ninguna parte para dar su mensaje a las chicas y al periodista: Caderas anchas, pechos asomando tras una red de encaje, pongamos que se llama María.

La conversación tiene lugar al día siguiente camino de la farmacia: La mayor parte de las chicas no pasa del anuncio de su tarifa. Cuesta creer que aquella veinteañera de metro ochenta de las piernas largas y los ojos de hierbabuena, esa mujer que podría estar en una pasarela o bailando de gogó en una discoteca, esa diosa eslava esté allí pasando frío y haciendo sexo dentro de un coche por veinte euros.

Se calcula que son A cuarenta servicios por cabeza, cada día en Marconi sale a Sobre cada par de tacones se erige un edificio quebrado, una historia que salió mal. A Lis se le torció la vida el día en el que la echaron de su trabajo de secretaria en un despacho de abogados de Sao Paulo, en Brasil, y de un golpe se le acabó el dinero para pagarse la carrera de Derecho. En esa mala hora conoció a una chica que le ofreció una solución: Aquella chica fue trabando relaciones de amistad con la gente de Lis y alrededor de ella tejió la tela de araña de la confianza.

Pasó un par de meses sopesando la decisión. Vivían juntas en un piso, pero el trabajo prometido no llegaba. Las reunió en un salón del chalet y, rodeada de cuatro matones, les confesó que ese viaje no era el que habían pensado: Les quitaron el pasaporte. En ese mismo instante de desconcierto comenzaron las amenazas y las palizas. También les dieron otra noticia: Entonces Lis ya podría añadir a su currículum un trabajo de esclava sexual en una red de trata de blancas.

Pese a todo el dinero que ganaría en adelante, nunca darían esa deuda por satisfecha, así que viviría atrapada por las redes criminales. El peaje que las mafias reclaman a las africanas es mucho mayor: Diversas organizaciones han llegado al consenso de que ocho de cada diez prostitutas de las que trabajan en España se calcula que son En nació en Madrid la Asociación Feminista de Trabajadoras del Sexo que reclama el papel de las mujeres que ejercen libremente.

Las adicciones son comunes entre las mujeres. En agosto encontraron a una de ellas muerta por una sobredosis en el polígono. Ese mismo mes, la Policía encontró el cuerpo de un hombre de 70 años que había fallecido al parecer de un infarto mientras se encontraba consumiendo drogas con una prostituta. Hay que mover la mercancía, así que cada cierto tiempo cambian.

Las trae alguien en turismo o furgoneta. Llevan bocadillo y botella de agua: Cobran entre 10 y 25 euros. El día fuerte es el viernes, cuando los trabajadores de empresas cercanas quieren relajarse antes de llegar a casa, o cuando los clientes jóvenes buscan tener sexo antes de salir de fiesta.

La edad media de los que pagan es de 35 años, y a la baja. Ellas, si hace frío, se mojan, y si hace calor, se asan. Suelen durar unos tres años con apariencia agradable. Todas llevan teléfono móvil, no tanto por su propia seguridad como para que el chulo -siempre una especie de delegado mafioso de zona, que sirve a un determinado mega-chulo mafioso en Rumanía- lleve bien las cuentas.

Cada vez que se van con alguien, llaman por móvil al macarra. Si las llamadas se demoran, el proxeneta enseguida se presenta y averigua a ver qué pasa. Una buena jornada, muchachas de este estilo tienen unos seis clientes.

Pero una parte reseñable acaban arrastradas por caminos, tratadas como ganado cerca de carreteras frente a los ojos de la gente que va en coche. Cuando las ven desde los coches, nadie pregunta, nadie dice nada, nadie siente pena. La cosa no molesta: No agobian, no se muestran en masa obscenamente.

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