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Tenía un cuerpo blanco y sensual, con unos pezones grandes del color del helado de fresa en un pecho adolescente y consistente, sus muslos aparecían preciosamente formados. Se besaba en la boca con Juanito. Parecía que la corta lección que le había dado le había servido de mucho. Me fui antes de que me descubrieran. No me descubrieron o no les importó en absoluto, ya que siguieron en lo suyo. Lo siguiente que pude ver, asomada por la grieta que se abre entre la puerta entreabierta y su marco, fue a Juanito mamando del pecho de su hermana.

Leticia lo miraba con paciencia, entre cariñosa y expectante. Me fui, intenté no volver, pero sentía la curiosidad, como cuando en el pueblo seguí a mi hermana al río y la vi fornicando con el Fernando. Leticia la agarraba con la mano y le chupaba la cabecita, mientras Juanito ponía cara de felicidad y agarraba los pechos de su hermana. Leticia apartó la cara y la picha de Juanito empezó a soltar el líquido. Nunca había visto aquello.

Yo sabía por los comentarios de las chicas que aquello existía pero no sabía cómo era lo de correrse y lo del líquido, que era muy peligroso porque te podías quedar preñada si lo tocabas. Me agradaba ver a los animales, pero no puedo decir que me gustara ver a mi hermana en el río, aunque la escena en sí me gustó, pero lo de Juanito y Leticia me había atraído y me asustaba, por el tema de que eran parientes.

En una ocasión me propuso mi hermana que como no teníamos novio yo podía ser su novio, pero al besarla, no sentí nada y me dio cargo de conciencia. La señora condesa salió aquella noche con la advertencia de que se iba a una gala y se tardaría.

Los dos hermanos se miraron conchabados. Era evidente que algo tratarían. Leticia me miró con cara de avaricia, como me miraban los chicos en el pueblo. Juanito no tardó en aparecer vestido de indio y Leticia se quitó de en medio. Luego me fui a ducharme y cometí el error de no cerrar la puerta de mi dormitorio mientras me duchaba en la ducha del pequeño servicio.

Salí con la toalla puesta al dormitorio, y allí me encontré al aguerrido guerrero sioux, que había cerrado la puerta del dormitorio y la había obstaculizado con un sillón. Me escabullí y comenzamos una persecución. Tiró de la toalla y quedé desnuda. Tuve tiempo de apartar la silla y abrir la puerta y salí al pasillo pidiendo la ayuda de Leticia que no salió.

Pero cedí ante el dolor que me causaba. Me llevó a rastras, por la fuerza y me encerró allí. Sí un hombre llamado caballo. Lo recuerdo porque unos días antes la habían echado por la tele.

Su miembro estaba ligeramente empalmado. Al final consiguió ponerse encima mía, pero no atinaba a meterla, pues aunque me cogía de ambas manos, yo defendía mi inocencia. No podía controlarme, así que me descabalgó. Le vi abrir el cajón de su mesa de estudio y sacó una cuerda que tenía hecho un lazo y vino hacia mí. Esta vez no le costó cogerme una mano con el lazo y luego unir mi otra mano. A pesar de ello me defendía a puñetazos.

Al final me agarró las dos manos al cuello. Poca resistencia podía hacer ya. Se deshizo de la correa del cinturón y la utilizó para atarme los pies. Me quise poner de pié, pero bastaba un simple empujón para hacerme caer. La llamé y Juanito me dijo: Me ayudó a incorporarme y fui avanzando pasito a pasto hacia la habitación de Leticia. Me sorprendió que no le importara a Juan que su hermana supiera lo que había hecho conmigo.

Me fui temiendo que estaban confabulados. Abrió la puerta Juanito y allí estaba Leticia. Se había echado gomina y laca en el pelo y aquello le daba un aspecto estropajoso.

Yo tener que hacer mamada a gran jefe para que él traer aquí. Leticia llevaba puesto sólo una falda hecha jirones. Andaba sin nada arriba y tenía un collar llenos de objetos que hacían las veces de amuletos.

Leticia se me acercó y me cogió la cara con una mano, mientras me daba un beso apasionado que se transformó en un posesivo mordisco con sus labios. La bruja ordenó al gran jefe que buscara un sitio en que atarme. Para la gran ceremonia. Juanito encontró el sitio para atarme.

Era un armario empotrado de esos que tienen arriba para meter las maletas. Mi cuerpo quedó sin la protección de los brazos, totalmente estirados. El nabo de Juanito estaba a la altura de mis senos, al subirse a la silla.

Leticia le empujó suavemente y sentí el tacto de aquello sobre la piel de mi pecho. Luego su lengua volvió a entrar y esta vez no le opuse ninguna resistencia. Podía sentir su polla caliente entre las nalgas, que me apretaba con las manos, mientras me mordía el cuello. Leticia comenzó a bajar la mano hasta mi tupida entrepierna y entonces me dijo. Leticia sacó una bacinilla con agua y una brocha y una cuchilla desechable y empezó a hacer espuma sobre mi sexo, sentada en una silla enfrente mía.

Metía la brocha por todas partes, haciéndome muchas cosquillas. Juan ahora me agarraba las tetas. Juanito cogió un pañuelo de tacto agradable, posiblemente del armario de su hermana y me tapó los ojos.

Pedí chillando que me soltara de una vez y entonces me tapó la boca con un pañuelo de iguales características. Empecé a sentir cómo me rasuraba. Sentía la hoja de la cuchilla en mi piel, recorriéndola metódicamente. Leticia sugirió a Juanito que me soltara los pies, pues tenía que afeitarme en el interior, entre los muslos. Me limpiaron de jabón y me soltaron las piernas, pero haciendo que las mantuviera separadas.

Luego me quitaron el pañuelo de la boca, pero no el de los ojos. El zumo se me derramó por las comisuras de los labios y se esparció por el canal del pecho. Leticia se apresuró a beber para que no se desperdiciara nada.

Juanito comenzó a desparramar el zumo por mis senos y Leticia me succionaba del pezón como si fuera la fuente del zumo. A continuación empecé a sentir al gran jefe mamón imitar a su hermana. Mi respiración empezó a entrecortarse por el deseo de explotar.

Leticia volvió a dejar caer el zumo sobre mi cuerpo, pero lo puso entre mis senos y el chorrito se dirigió guardando equidistancia hacia mi sexo desnudo, lo sentí caer por el vientre hasta el pubis y luego enderezarse para inundar mi clítoris. La boca de Leticia recogió el zumo de esta fuente.

Su lengua golosa exploraba la comisura de los labios y el clítoris buscando un resquicio de zumo. Pronto sentí la misma operación, sintiendo caer el dulce y algo viscoso líquido por mi espalda hasta llegar a las nalgas. Fue lo justo y necesario para correrme allí como una loca.

Era la primera vez que me corría. En el pueblo había tenido algunas experiencias, pero no dejaban de ser meros revolcones. Me dejaron así un rato, sin limpiarme bien el zumo de naranja que se secaba sobre mi cuerpo. Luego me desataron del armario. Leticia estaba sentada en la silla y yo tuve que ponerme de rodillas, y luego a cuatro patas.

Me acerqué ciegamente, guiado por Juan hasta las ingles de Leticia, que había dejado su sexo descubierto entre la falda hecha jirones. No había comido un coño en mi vida, ni lo hé vuelto a hacer. No sabía lo que tenía que buscar. Lamía inconscientemente, pero parece que era suficiente. Me concentré sobre el clítoris, que sobresalía entre los labios del sexo y pronto el sexo de Leticia comenzó a rezumar humedad.

Sus flujos se mezclaban en mi barbilla junto al zumo de naranja. Me vengué de ella restregando a su vez mi boca violentamente contra ella. Capullo Loco pedía ahora su parte del botín. Se sentó sobre la cama y Leticia me dirigió hasta allí. Tomé su miembro empalmado en mi boca. Entre las ideas que se revelan en el libro, esta mujer confirma que cada hombre tiene un gusto diferente y desea un tipo de cuerpo femenino distinto. Esta prostituta de lujo afirma que es un mito que todos los hombres quieran "servicios perversos".

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Por Gonzalo de Diego Ramos 1.

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